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日志


Mil palabras y una imagen.

 

"Hoy me tienes admirada y sorprendida,  y encantada de saber que no estoy loca... más allá de porque creo que la vida es un verso que tú pones en la boca... Puede que no hayamos ganado aquel concurso, pero el premio ha sido suculento:  la posibilidad de rescribir el Quijote (Cervantes nos perdone)  con toda una vida por delante...

A sus pies, Caballero. Un honor ser tu amiga.

Discúlpame los retoques...”

Sinceramente...

No hay palabra alguna, extra, que quiera usar para explicar esta situación. Para escribirte esta carta. Para decirte que te echo de menos.

Bueno, sí las hay. Dos. Te quiero.

Creo que para hablarte de amor es lo propio. Incluso sin querer poner nombres al cariño, no soy capaz de encontrar  palabras mejores. Ni peores.

Creo, también, que hay algunas clases que te perdiste en primaria. Alrededor de los dieciocho y después de los treinta y tantos exactos. Te aseguro que he intentado no hacerlo, no acabar escribiéndote una carta como siempre acabo haciendo, por mi maldita timidez,  por mi inseparable manía y deseo de no perderte y darte razones que maten tus miedos... pero esta mañana, mirando mi taza solitaria de café, por primera vez en mucho tiempo, sobre la mesita de noche de la derecha, que es donde tú solías poner la tuya...con la imagen de la percha que hasta hace unas horas sostenía el traje que tendrás puesto en esa reunión tan importante y tan inaplazable como esta carta, con el blanco vertiginoso que pusimos a las paredes el mes pasado... se me han venido a la mente, sin aviso, más de diez frases, más de cien motivos, más de mil palabras...

Sólo para intentar comprender que una imagen vale más que mil palabras.

Las frases hechas no siempre son sólo frases hechas, con sujeto y predicado y motivos de estudio lingüístico, gramatical  y literario. A veces, aunque pocas, las palabras acaban significando algo.  Especialmente, si las dice el corazón.

“El amor no tiene edad”. “Tiene un alma a prueba de bombas”. “Dame tu mano y demos un paseo por el amor”. “Saca un par de sonrisas de primera fila y nos marcamos una tarde de orilla de playa, helado de chocolate, recuerdos del Instituto... con las puertas abiertas”. “Te invito a comer a un chino y me enseñas a coger una segunda, o tercera, o cuarta oportunidad con palillos”...

 

Mírame. A los ojos. A los mismos que siempre te han mirado con futuro. Con confianza. Siempre has podido hacerlo aún sin estar conmigo .Y hazme un favor. Sigues llevando demasiado equipaje así que paramos en un hotel de carretera, lo dejamos en una habitación por unas horas, y nos vamos al malecón para que me cuentes eso de que querer... quieres. Sólo para ver si lo entiendo, porque sentirlo ya lo siento.

Además... tú sabes tan bien como yo que...

No necesitamos llevarnos promesas. El, sol, la sonrisa y puede que un libro de Mario Benedetti, que nos empuje el alma a ratitos. Deberías saber que él, precisamente, me ha dicho que la derrota y la hiel, de las que quieres ser inseparable, ya no son lo que eran. La tecnología avanza y he oído... que tiene cura e, incluso, a veces, sólo es una falsa capa creada por nuestro dolor lo que no nos deja ver la osadía, el atrevimiento y la deliciosa ingenuidad, que acompañaban nuestra juventud. Que nunca se fueron, fíjate qué curioso...

No necesitamos dejar la monotonía. Sólo variarla un ápice para coger los dos y no dejarla que cambie más allá de ser distinta cada mañana..

No necesitamos un amor nuevo. Quizá podamos reformar el que tenemos gastado, de tanto usarlo, con una mano de magia o con la confianza de que las estrellas de nuestra mirada nunca se fueron, sólo intentan solventar los inconvenientes de una mudanza inesperada.

No necesitamos dejar de equivocarnos, sino equivocarnos y volver a intentarlo. Podemos compartir la calma, apenas durante unas horas y sustituirla por valor en el resto del día. Sonreír para hacernos llorar. O llorar con nuestra sonrisa.

Sí, ya sé. Que querer... quieres. Lo siento, incluso, desde que estás a mil kilómetros de mi mano. Y, pese a tus esfuerzos, lo siento incluso en el hueco vacío que has dejado en la almohada.

No necesitamos algo que no tenemos. O muy poco. Sólo un paseo cerca del mar. Sólo una tarde de palomitas y leyendas. Sólo un helado bajo las estrellas. Sólo una taza de café. Sólo una percha para colgar la esperanza. Sólo una capacidad de creer.  Sólo el deseo de volver a sentir el tacto de una mano mientras paseas. Sólo querer volver a desnudar el alma. Sólo recordar aquellas poesías favoritas para recitárselas a unos ojos sonrientes. Sólo volver a creer en las hadas y las leyendas.  Sólo emocionarse con una sonrisa... Sólo nos necesitamos el uno al otro. Y al futuro.

Prometo que, después de este ratito que necesito que me regales, dejaré que recojas tu equipaje, si aún recuerdas donde quedó el hotel. Permitiré que montes en tu caballo y regreses a tu triste cordura, si es que no se ha escondido en el fondo del mar.

Porque todo lo que hayamos pasado en estas horas, porque todo lo que no quiero escribir... es todo lo que yo espero del amor. Porque me gusta llorar cuando sonríes. Porque me gusta sonreír secando tus lágrimas. Porque no voy a pedirte que me regales tu corazón, usado y maltrecho. Porque prefiero sumar el peso del de ambos y compartir su transporte por la vida, sea lo larga que quiera ser.

Porque prefiero quedarme tu cariño sin  definiciones y lo que de verdad eres...

Porque sé que tú querrías hacerme princesa y crees haber extraviado tu halo real... Pero lo que no sabes es que nací así para ti y necesito despojarme de esa tiara, volver a ser niña a tu lado...

Porque, después de estas casi mil palabras...hay poco que decir acerca de lo que todos esperamos del amor.

Porque después de repetirme la fotografía de mi taza de café, de la percha vacía de tu traje, de las vertiginosas paredes en blanco... creo que hubiese bastado con esas dos palabras tan sin definición.

 

Te quiero.

 Por que el amor no tiene explicación. Ni veredicto.

El amor es solo amor.

Y ni mil palabras conseguirán convencerme de que tus ojos no quedan aún colgados en esa percha.

 

 

Dana       

 

Bueno... vale... Te Quiero.

"Disculpad que este texto tenga una dedicatoria especial a alguien especial. Disculpad, también, lo largo que es... Pero salió de mi cuarto-leonera en época de limpieza, nacido hace unos meses y me apeteció transcribirlo. Porque sí. Bueno, vale, también porque me gusta un poquito tocar los coj... En fin. Buen miércoles..."

Por cierto... que no se moleste nadie, por favor. Nada más lejos de mi intención. O la de mi lengua... pluma, quería decir pluma.

 

Me río yo de los que dicen que la memoria no crece con una. Bueno,vale, también me río de las estadísticas sexuales que salen en el telediario: seis polvos semanales, de dos a cuatro parejas mensuales y mejora evidente de la erección y la energía tomando bífidus activo de mango y papaya... En fin. Que yo recuerdo nítidamente el entierro de Don Carlos que, si hubiese levantado la cabeza, habría conseguido que las naúseas de las embarazadas quedasen en chocolatinas para la tos.

Y aquí va, al menos los detalles menos relevantes.

3 de julio. Año 1982. Año del servicio militar de Juan José Pérez , un amigo ácrata “despistado” y  creyente “desmotivado” al que, por aquel entonces, se le levantaba como la bandera: cada día a las ocho de la mañana. Después se casó. Y las sorpresas llegaron, exclusivamente, con los Reyes Magos.

Año de Naranjito y de Felipe González. Él tiró la toalla, pero nada de hacer lo mismo con el paquete de Kaiser, pese a que el cáncer de garganta le apretaba un poquito más abajo del cinturón. Ni Tierno Galván consiguió convencerlo del color de la esperanza. Ni él ni sus hijos/as. Ni su esposa. Ni el cáncer siquiera. Fumaba hasta en los pasillos de las visitas del Hospital de la Paz. Maleducado de exquisita educación, encantador y jodidamente cabezota hasta el final.

Y el final llegó. Como el de Cela, Juan Pablo II o los galácticos del club merengue. Y, aunque a él le pilló con tiempo suficiente para ganar su propia Liga,al resto de la familia, conocidos y amigos les pilló en bragas. De cuello alto.  

El embalsamao de ojos azules, era hijo de uniformado de la Guardia Real y ama de casa, algo rojo, poco diplomático, irónico, provocador, entrañable, cariñoso y padre de 6 criaturas, por aquel entonces de entre ocho y veintitrés veranos (por que el Guillermo Tell de Amaniel, tenía la puntería afinada. O financiao hasta el sexo, vaya Usted a saber¡). Todos, menos uno, eran del signo Leo. Él era de signo ateo. Y Virgo, para más cachondeo. Siempre le gustaba llevar la contraria como deporte y la sonrisa burlona como amuleto, pero, especialmente, le gustaba el cocido madrileño, coger caracoles en Laredo y Castro Urdiales, chatear (de vinos, que el internet estaba sin cocinar) o jugar al mus en Pan Bendito.

Si pidiese opinión a algunos a los que jamás les tendría en cuenta opinión alguna, pensarían distinto que yo. Pero eso es  la diplomacia. Perdón, democracia....

Los hay que quisieron insinuar que pudo ser un calzonazos, que imagino que quiere venir diciendo que quería tanto a su mujer y a sus hijos  que siempre hacía lo que ella quería  (porque a mí, al contrario que al protagonista, siempre me gustó ser bienpensada).

Que mal hablada ya soy, coño.

Hay otros que afirmaron que estuvo enamorado de su cuñada  y que únicamente se casó con su señora porque así la tenía cerca, a la susodicha cuñada, que vivía pegadita... a la Torre Eiffel y que terminó encabezando la manifestación  de Mayo del 68 y defendiendo el día del orgullo gay, un lustro antes de que naciera Jesús Vázquez. Lleva presumiendo de ser pro-todo seis décadas y está como el primer día: lesbiana.

Hay incluso quien dijo que su mal genio  y su agriado carácter eran por una úlcera pija, cosa que no veo desencaminada si recuerdo su congestión al ver a Suárez, su cuñada Victoria o Pocholo, que ya había empezado a perder su mochila... mental.

Hay quien dijo, muy a su pesar, que su ingenio era mordaz, canalla e inimitable.

Hay un disco de Julio Iglesias, que canta tangos, que es una joya de coleccionista. Os lo recomiendo... para echar los gases. 

Venga, que empieza el entierro y no os he puesto al día  de los asistentes, de las vicisitudes para llegar hasta aquí y de lo hortera que es la decoración del cementerio de la Almudena, que ya les vale el estilo Lidia Lozano, decadente, insípido y tostado que gastan. Hay que joderse.

Aquel... eludo el adjetivo porque esto es un relato serio y no una apología de chismosos, desagradecidos, aparentatodo y todo apariencia que, pese a la eterna reticencia de Don Carlos, acabó siendo el protagonista  de todas las secuencias del thriller de su muerte (algo así como Mel Gibson en todas las entregas de Arma Letal). Los de Farruquito los obviamos. Ahora sabemos que hay dos tipos de peatones: los rápidos y los muertos. Sentencia del gitano de moda. Si lo llego a saber el día del entierro, me hago una colección completa de jerseys para cuatro inviernos.

Vayamos a los castings.

(...Por cierto, de verdad hay alguien que se cree que cada año van doscientos treinta y ocho mil quinientos trece aspirantes capacitados para cantar, creyéndoselo a pies juntillas, a los castings de O.T?.).  Qué fuerte!!!.

La prima Almudena. Gastaba bigote resultón y moda años sesenta. Hija de la tía esa. De la tía Victoria, quiero decir. Pasó al primer intento. Amor de madre, supongo. Marieta, castita vecina, del ático izquierda, con falta de entresijos cuando tiende la ropa. Primera fila, claro. Siguiente ronda. La panadera. Concha. Radio gacela de lo ajeno. Un ángel endemoniao. “Tú te quedas con nosotros, que vende mucho la ambigüedad en los rumores”. Mucho público anónimo, de extras. Yo conocía a casi nadie, pero sí había oído decir  que en el barrio había diez o quince esperpénticos vecinos  que estaban en todos los acontecimientos sociales, porque su vida eran tan asocial que daba asco vivirla. Siempre hay gente y gentuza. Pero pasaron. Que hasta aplaudir y ser desagradable se paga bien. Y un alto porcentaje de la “familia”, con los ojos llorosos y fingiendo que algo les oprimía el pecho, viéndolo tan virilmente amortajado, pese a sus empedernidas ojeras. Todos para dentro, prueba superada.

Y hablando de virilidad, no he dicho todavía cómo era el aclamado señor protagonista, pero es que tenía un feeling con la cámara que ni Julián Muñoz, ex alcalde de Marbella. Aunque, en realidad, si hubiese que nominarlo a los Oscars, yo diría que tenía la corpulencia de Steven Seagal, pero de corte chulesco. El sex appeal de Clooney, George Clooney, pero más, mucho más guapo. El desaliño, el gesto y el humor de Hugh Grant, que hay que ver lo que me pone a mí el dichoso británico putero. Y el encanto de si mismo, porque no hay comparación para lo incomparable.

(Un aparte. Sé que parezco apatriota, y me ha costado conseguirlo en lo referente a los artistas (en el resto de los temas me cuesta menos), pero es que a la que nominan a uno de los nuestros a los Oscars nos pasa como a Javier Bardem: el gran sueño americano se instala en un cuerpo diseñado para vivir en sitio menor y, así pasa, claro, que con tantos humos por su parte, y mala organización por la de otros, los incendios no se apagan ni acabando con el fuego).

No estoy muy ágil en la tarea de ordenar los exiguos recuerdos que conservo de aquel día (algunos de ellos, al menos), pero apuesto veintidós a uno, por el Barça, desde luego (que, desde  que la imagen del club es todo sonrisas, ganamos hasta títulos) a que no faltaron alaridos de dolor sincero, sobraron pésames mal interpretados y hasta mal pronunciados fonéticamente, apretones de mano gratuitos y comentarios acerca de lo caro que se ha puesto el colegio privado de Carlitos Luis, que no en vano es el de más prestigio de la capital, por sus “deleitables spaguettis a la milanesa y su  exquisitez para pronunciar el francés, sin escupir. Esto lo dijo la prima Carmela. Lagarta y afortunada a partes iguales.

Por cierto, que, a la individua en cuestión, Don Carlos la acogió en casa, cuando se vino del pueblo segoviano de Rastroviejo, a los dieciséis añitos, la instaló con la familia, la colocó en la empresa donde trabajaba él, de secretaria  y le facilitó algunos posibles amigos y una vida molona, en definitiva, para una señorita de provincias, con el único encanto de una lengua muy larga y una falda muy corta, que diría  Don Joaquín. Ella, muy amable, le pagó pasándose por la piedra a su primogénito, a las primeras de cambio; perdiendo la vergüenza en algún cine de verano y llegando puntual todos los días: a las diez. De la mañana. Vamos, que para los que no entiendan mi malísima literatura: una golfa redomada. Y, no, no aprendió a escribir glamour, por que creía que diptongo era una posición en el Simca mil doscientos de su primo. Aunque, poco después, y bajo el lema de dios da pan a quien no tiene dientes,  se camufló al rubiales Borjamari del  banco, de empalagosos ojos azules, imitación de dandy obsoleto y zás… el braguetazo más evidente desde el fichaje de Benítez por el Liverpool británico (que van a dejar de pensar éstos paliduchos que son  los niños perfectos de Europa porque puedan entrar a Estados Unidos o Egipto sin visado. Lo obvio con títulos entra. Y queda lo del peñón, que esa es otra, “caballeros”.). 

El entierro, que sí….

Si hay algo que lamento, además de que los hombres guapos sean cortésmente estúpidos, en muchos casos; que mi despertador sea melindrosamente puntual, cada día: o que yo sea condenadamente incapaz de ahorrar un euro, a lo largo de toda mi vida, es no haber tenido derecho al voto, en el tema de la OTAN especialmente, junto a la posibilidad de acudir a su entierro, ataviada de azulón Agatha Ruiz de la Prada ( y eso que, por aquel entonces, no había visto el puntazo de vestido, look republicano sencillo, de la colega en la boda de Su Majestad Felipe, ojos azules y la chica de la tele). Y por que no había internete, que diría él, que hubiésemos chateado con los nominados en la casa de tu muerte y con Kiko, ese presentador modélico, licenciado en desencanto personal y falta de clase, salido de un gran… ¿hermano?, ¿programa?, ¿delirio?.

¡Qué demonios¡. No soy especial ni mejor ni insustituible (bueno, vale…, soy las tres cosas, en muchas ocasiones señaladas, pero no estamos aquí para hablar de mí, de mis habilidades amatorias o de lo interesante que puedo llegar a ser si uso mi exquisita mirada, con un puntito de ceja…). Sólo sé que entierro le hubiese gustado tener: NINGUNO (del latín, ningunus-ningunum-ninguneado), pero lo tuvo, para alborozo de quienes necesitaban algún nuevo tema de conversación….  Lo cierto es que poco o nada más interesante queda de contar de aquel día de verano, aunque la verdad es que el periplo para llegar al cementerio de la dichosa Almudena fue dantesco: un atasco de los de feria del automóvil en el recinto ferial Juan Carlos I... un cortejo fúnebre del tipo de acompañamiento de Massiel o Rosa en Eurovisión... Por cierto que la ordinariez me puede: el primo Lucas tiene un culo cojonudo!!!.

Lo del besamanos... es... Bueno, vale... Por aquel entonces yo era menor y mi guardería era exclusiva, lo suficiente para moderar mi vocabulario.
          Pero recuerdo bien, meridianamente, como estaba dispuesta la fila.

Adriana, la viuda, primero. De luto riguroso, bajita pero muy entera. Sobria, diría yo. Seguida de Antoñito, el primogénito y parienta: melenas onduladas y vaquero marca paquete él y lágrimas a mares con conjunto tostado, ella. Detrás, Mariola y marido. Ésta ya se había jugado un mus, por parejas, con los papás en cuestión y ganaron la partida por que el tropiezo salió moreno, de ojos grandes y avispao como el abuelo. Vamos, que se les caía la baba y se les escurría el que dirá la cotilla Petra. El militar, Rober, con unos adquiridos valores machistas que me río yo de las creencias del Vaticano, con su novia de turno, Patri, opositora al Ayuntamiento de Madrid y a los modelitos quitahipos, aunque en el fondo era eso que dicen "una buena chica". La quinceañera macarra, Ana, que, inexplicablemente escuchaba todo el día a los Hermanos Urquijo y a Pimpinela... Y en casa??? . Allí quedaba la benjamina, Sara, a la que aún le duraban los tirabuzones de la Primera Comunión, porque se decidió por común decreto de la ley del mayor, que no era tango bailable para una niña de siete años. Y la rizos, que estaba por alguna parte intentando escribir unos versos... O un relato.

¿O era intentando escaquearse del ágape que se dio en el salón, porque no creía que hubiese cosa alguna que celebrar y menos tomando canapés y cafés con hielo?.

-Lola, quieres venir. La tía Victoria quiere darte un beso...

-Pues yo quiero que ella se dé el piro.

-Lola!!!!

-Veo que vas a ser una señorita muy preparada, digna sucesora de tu padre...

-Gracias por el honor que me haces. Yo veo que tú acabarás siendo una señora... nunca???.

Yo ya no la escuchaba. A mi madre, tampoco. Mi hermana mayor, preñadísima, tenía el oído muy fino y de lengua andaba aún más suelta, motivo por el que en el barrio anterior de Carabanchel Alto, la llamaban lady cascabel, cuando cumplió los nueve años. La invitó a irse de manera elegante y dulce. Creo.

Yo recuerdo poco más. Ahora que todos saben que la lengua sucia soy yo, quinta en el orden de hijos y especialmente enamorada, hasta el tuétano, del homenajeado, he de confesar que lloré, aunque lo confesaré más tarde. Quizá en un par de décadas.

Algunos de esos mayores, que creen que lo saben todo, que sobreviven de la prepotencia que dan el carné de identidad y la ignorancia de un niño, me largó a comprar chucherías con un billete de cien pesetas, mi hermana pequeña y el sobrino de ojos grandes. Fuimos al frutos secos del señor Gaspar y compramos patatas con caldo de pepinillos, veinticinco pesetas de sugus y un pica-pica para cada uno. A la vuelta, yo me quedé en el parque con Helena, mi compañera de clase. Nunca me han gustado las reuniones de más de tres personas, generalmente adultas, que dicen nada aunque callen nunca.

Ya en mi banco preferido del parque, sólo pensé en quien iba a defendernos cuando nos apedrearan, a la hora del recreo, porque no les gustaba nuestra apariencia de “desayuno”. “Míralas, la leche y el café... no, la leche y el cacao, mejor....”

- ¿Qué haremos ahora, Lola?.

Buena pregunta...

¡Qué coño¡. Ese tío que hay en la caja, acordándose de más de uno en arameo castizo, me dijo el día que me vino el período, tras explicarme el mecanismo de una compresa sin alas: “vamos, princesa, tú sé como tengas que ser, siempre que seas respetuosa contigo y con los demás. Y, por supuesto, jodidamente guapa y sonriente. Tienes madera de artista, así que consigue tu opera prima siendo feliz. Hazlo por mí”.

Y me encanta el humor y el color negro, de modo que...

- Vamos a crecer como manda el corazón, Helena. Mestizas. Y juntas.

 

 

Dana       

 

 

 

Lunes

En vista de que la semana no será todo lo prolifera que me gustaría, en cuanto a entradas en este blog y sintiéndome en deuda con todos los que tenéis el detalle de pasaros por aquí, os dejo otra de mis joyas mentales que no sé si acabarán en una consulta médica o en el palacio de Cenicienta... 

 

Hace algunas semanas encontré un texto curioso en Internet (esa faceta es del todo indiscutible en el mundo cibernético). Hablaba sobre  las cosas que un marido enamorado quería conservar tras una separación conyugal , al igual que las cosas que cedía a la pareja de manera totalmente consentida y convencida.

 

He intentado hacer un símil, no sé si basándome en el guión de mi vida, en el de los sentimientos que me embargan, en los que añoro, en los que no voy a confesar siquiera a mí misma, en mi cansancio físico, en mi capacidad de soñar o en ese toque de romanticismo que tanto nos gusta ocultar y que tanto deseamos poder mostrar, a la mínima ocasión.

 

Sea como fuere, este es mi resumen de lo que fue y de lo que quiero que sea este blog y, con él, la mayor parte de mi existencia.

 

Acabe cuando acabe esta relación contigo que me lees, que me miras, que me escuchas, que me sonríes o que me regañas... quiero conservar...

 

·                    La capacidad de emocionarme con una de tus frases. Con aquella foto en blanco y negro. Con tu comentario sobre mi mirada.  Con que mi vello se siga erizando cada vez que me rozas con una de tus palabras.

·                    El olor de tu perfume cuando pasas a mi lado. No importa que se te haya pasado dejar tu firma, no confundiría tu olor, siquiera literario...

·                    La promesa de que el amor es para siempre, importa poco si acaba siendo cierto.

·                    Los momentos que hemos pasado mirándonos, sin decir nada. O aquellos momentos en que no parábamos de hablar, sin ser capaces de mirarnos.

·                    Las sonrisas.

·                    Nuestra canción. Es imposible para mí dejar de tararear esas notas. De no reservarle un sitio especial en la banda sonora de mi vida.

·                    Los gestos que haces cuando me miras a hurtadillas o tu manera de cruzar las piernas. No me hagas hablar de tu manera de plasmar lo que sientes, de explicar lo que sueñas...

·                    Las ráfagas de viento que nos acompañaron en aquel paseo por el parque, o la lluvia que nos empapó aquel agosto extraño.

·                    El sabor dulce de los halagos que me regalas.

·                    La sensación emocionante de estirar mi mano, en la cama vacía, y creerme que estás allí, abrazándome, sin rozarme siquiera.

 

Sin embargo, hay cosas que no deseo conservar...

 

*             Todo lo material que hayamos compartido, si es que existió alguna vez, ha pasado, desde hoy, a una subasta benéfica.

*             Todos los errores que cometí han pasado a ser motivo de dedicación por mi parte, con el único fin de rectificar. De aprender.

*            Todos los sueños que no hemos cumplido han vuelto a renacer, con la misma intensidad que esta primavera, con el necesario fin de querer ser cumplidos.

*             Todas las palabras que no te he dicho, que no os he dicho, para intentar describir cómo me haces, como me hacéis sentir, se quedan en una.

Gracias.

Porque, a veces, incluso las palabras es una de las cosas que no necesito conservar.

 

Dana...   

Con la mirada de una niña....

 

Vuelvo, sí.

     Sin más compañía que un lápiz, un papel y una sonrisa.

     Sin más pretensiones que escribir de lo que sea o de lo que sienta, seguir adelante y aprender.

     Sin más equipaje que mi mirada.

     A veces, mantener la mirada viva es tan difícil como que un alud de nieve atrape las playas brasileñas. Otras veces, en esa mirada se puede ver una orgía de vasos de agua y onzas de chocolate en una cloaca de Camboya...

     Algunas veces, cuando usas demasiado tiempo y energía para pensar, acaba sucediendo lo menos pensado. Otras veces, ocurre nada...

     Pero es diferente lo que ocurre en la mirada de un niño.

     El fondo siempre es azul, porque, aún no saben si nubes se escribe con v o con b. El iris siempre está limpio, porque sus párpados siempre están arriba, para mantener los ojos abiertos. Y las pestañas actúan de persiana que les cuida del sol que trae la alegría y de las nieblas que llegan con la tristeza. Los niños no huyen de ninguna de las dos, sólo están preparados para ambas.

     Y las miran de igual manera: con futuro.

     Para la mirada de un niño "el alto el fuego permanente" de banda terrorista, sobradamente conocida, no es más que una fiesta nueva, porque todos esos aburridos adultos que antes eran serios y extraños, ahora sonríen. Para los ojos de un niño, el estado actual de algunos clubes de fútbol españoles variará en el momento que ellos lleguen a ser el nuevo Rául, el siguiente Yeste, otro Ronaldhino. No ven el racismo o la xenofobia... ¿cuando van a hacerlo si Katia, Mohamed y Yao esperan a Pepe para un partidillo, al que ya llegan tarde?. Para la mirada de un niño, la izquierda o la derecha, no es más que una estupidez de mayores, teniendo en cuenta que la línea recta siempre tiene un buen destino.

 

     Hay mañanas de lunes, en Madrid, que piden a gritos que algo varíe frente al espejo. Maquillaje, tacones, el traje-chaqueta bien colocado, el abono transporte a mano y...

"... saturación de gente en el tren y el metro; los buenos días del jefe insensible; el precio del café frente al Bernabéu; el chorreo de llamadas en la oficina; el stress de encontrar sitio libre para comer; la saturación de las líneas de Internet; el cliente indeciso; la hora de vuelta a casa, con la saturación debida de gente en el metro y el tren; la necesidad de preparar la cena y la comida para mañana y las camisas del martes y del miércoles y la depilación de las cejas y los recibos en el correo y el coche en el taller y las enfermedades de mamá y los pagos mensuales y la lavadora que se rompe en momento inoportuno...

     Y, especialmente,

     ... los sueños que se rompen por falta de descanso, los deseos que se apagan por falta de luz, los logros que se demoran por falta de esperanza...

     ¿Qué es realmente lo que le falta a mi espejo?.

 

     Siempre estuve firmemente convencida de que los valores, los deseos, los anhelos se llevan pintados en la mirada. Y que la sonrisa no es más que una muestra visible de que has tocado la felicidad siquiera haya sido de forma meteórica.

     La mirada es como una mochila donde llevas el equipaje de la vida: recuerdos, memoria, sueños, amigos y tanto más. Y, a la vez, es una sucursal del corazón, con servicio público de enseñar el producto interno: rabia, sonrisas, amor, desolación, brillo y tanto más.

     A veces me pregunto si la felicidad no consistirá en conseguir que la mirada se mantenga como la de un niño, con toda una vida por delante. Nada de maquillaje, es posible que siquiera dudas, miedo cero, si acaso, todo lo más, esperanza, fe, paz, curiosidad, ganas de vivir...

     Hoy vuelvo.

     Y voy a esforzarme al máximo para aprobar la asignatura que me devuelva mi mirada de niña.

     Y que el espejo de lunes me devuelva un guiño de complicidad...

 

     Gracias por dejarme volver.

 

Dana...