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Siempre queda lo que llevas dentro..."Si pudiéramos ver la belleza interior de cada persona veríamos las más hermosas y marchitas flores del mundo"...
Hoy sí toca un poquito de sesión “interniana”, Don Carlos... Has de saber, antes de nada, que no he sido mala del todo, siquiera bastante buena, pero he aprendido a levantarme después de caer y a saber agradecer que alguien me ayudara a hacerlo, cuando yo no podía hacerlo sola. Hoy, en mi calendario particular, es el día de las flores y, aunque tú ya lo sabes, he buscado un ratito, entre cursillo y cursillo de formación, para repartir el ramo de florecillas campestres que he ido sembrando en el último año. Hoy, aunque no sin esfuerzo, y después de años y años, he aprendido que la vida no es tan mala ni tan buena, sólo ES, y de uno mismo depende, en muchos casos, que te deje sonreír. He aprendido que dos más dos no siempre son cuatro y que la lógica, que tan buenas notas me daba en Filosofía, nunca es tan factible en la realidad. He aprendido que, pese a las arrugas, las canas, el cansancio, las derrotas o los fracasos, siempre queda lo que llevas dentro. He aprendido que no hay que dejar pasar las pocas oportunidades que se te presentan de cazar una estrella al vuelo, leer el libro que deseas, dar el abrazo que quieres regalar, tomar aire antes de reventar, volver a intentarlo, empezar otra vez... Ya, ya sé que soy la rara de la familia pero algo bueno tenía que tener y, además, ya siquiera me importa. Afortunadamente, me ha costado años descubrirlo, pero hoy sé que sigo siendo Danita e, incluso, puede que con más fuerza que nunca, porque aquella niña de ojos grandes y largos rizos apenas sí tenía motivos para dejar de serlo. Tenía un balancín de parque, una rayuela pintada en la calle peatonal, un montón de hermanos, una mochila azul, un peto de cuadros y a Quito, mi muñeco negrito. Además, estabas tú, Doña Julia, mi profesora de lengua, la abuelita, mi montón de sueños colocados por la vieja estantería, tu sillón de mimbre... Muchísimo más que suficiente. Ahora... suena curioso, pero vuelvo a sentir que tengo todo aquello de nuevo, 25 años después y siquiera sé explicar por qué. Tal vez me esté haciendo demasiado mayor o puede que, en algún menú de estos rápidos, se confundiesen y, en vez de ketchup, me diesen un poquitín de salsa de coherencia y tranquilidad y vuelva a creer que, después de todo, siempre queda lo que llevas dentro. Y, si a eso, puedes añadir personas importantes que aportan grandes cosas a tu vida, como una sonrisa, un gracias, un abrazo, un apoyo, unos refrescos, un libro, una lágrima, un sueño... tu ramo de flores empieza a dar sus frutos y deja de importar que seas más o menos rara, mejor o peor, más o menos, más o menos... Sólo importa aprender otro arte: el arte de saber regar tus propias flores para que no se marchiten y den luz a tus ojos y a tu sonrisa. Alguien (además de tú, obviamente) me dijo una vez que tenía una “sonrisa linda” y una “mirada viva” y entonces yo me sonrojé y me metí debajo de la cama... hasta que me dí cuenta de que era precisamente por las flores... Y, por eso, hoy, día de las flores, quiero regarlas personalmente. Porque luce el sol y es miércoles. O porque quiero hacerlo...
LUIS: Es mi rosa amarilla. Aquella que se lleva en las hojas de un libro importante, la que regalaban algunos caballeros andantes a las damas y a las niñas. La rosa que me recuerda, cada día, lo que vale una sonrisa, un sueño, un abrazo. La rosa que me reenseñó a mirarme por dentro y que me arranca carcajadas y lágrimas. La rosa más bonita, humana, divertida y sincera que he plantado jamás... La rosa amarilla que bien podría estar plantada en los jardines del afresado Aranjuez, junto a un árbol de esos en los que te apoyas para soñar... La rosa que me da mucho a cambio de poco. La rosa de un Caballero todo corazón. RAFA: Es mi flor de romero. Aquella que encuentras por los parques del foro y que da un olor especial. La flor que recuerda paseos y cafés y charlas y que incluye el amor a los animales. Aquella que me aporta el don de la sabiduría y la importancia de las cosas. La flor que me hace creer en la magia y en que, siempre, hay algo dentro que perdura a través del tiempo. La flor de romero que puedes, incluso, plantar dentro de una chistera... CARLOS: Es mi flor de té. Aquella que te aporta la calma y la tranquilidad, el punto justo de exquisitez. La flor que ve más allá de lo obvio y te regala cubos de agua a manos llenas. La flor de té envuelta en pintura, poesía y un mucho de modestia... La flor de té que te acaricia el alma sin apenas rozarte... ISABEL: Ella es mi rosa blanca. Aquella que te demuestra cuánto vale una mujer y una madre y una amiga y una niña. Aquella que me regala la capacidad de soñar y de luchar. La rosa blanca que te regala un abrazo y una regañina y una lámpara de genio... Aquella rosa blanca que yo siempre supe que luciría tan bella como es ahora. ALBERTO: El es mi flor de sueños. Aquella que te hace valorar lo que vale un gesto, que te enseña a aprender que los hombres también lloran. Aquella flor que te aporta la caballerosidad, la elegancia y el temple de un Señor. La flor de sueños que te recuerda que, tras las arrugas y las canas, siempre queda Mucho. Mucho. ANUKA: Es mi flor astral. Aquella que te regala sonrisas, cuentos de hadas, frescura, halagos. Aquella que te recuerda que una pizca de locura es lo único que tienes que vestirte para salir a la vida. KEPA: Es mi flor de lirio. Aquella que me obliga a creer en el talento y en la humanidad. Aquella que me huele al paseo de un perro o al ruido de las olas de una Isla. Aquella que me relaja con su música y me acompaña con sus sonrisas. Aquella que siempre da una luz especial... Y Tetxu, Jesús, Karmen, Montse... flores de loto, margaritas, rosas... Flores que no sé si sabré hacer lucir en mi jardín, pero a las que no voy a dejar de regar.
Gracias a ti, Don Carlos, aprendí a soñar y volver a soñar después de llorar los sueños rotos y, en parte, gracias a ellos, sigo aprendiendo porque no quiero dejar que se me olvide. Vuelvo a tener rizos, mis ojos siguen vivos y mi mirada, hoy al menos, está muy linda. Y sí, es por las flores... Por cierto. DON CARLOS: Es mi flor de memoria. De vida. De pasado y presente. De niña y de mujer. Mi rosa amarilla, azul y blanca, y mi margarita, y mi rosa de té, y mi amapola y mi flor de romero y mi flor de sueños... Tú eres mi ramo más grande y... por eso, sólo busco flores exclusivas que poner junto a ti.
MenúLa verdadera medida de nuestra valía se compone de todos los beneficios que lo demás han obtenido de nuestro éxito. CULLEN HIGHTOWER Feliz fin de semana a todos. Y gracias, Carlos.
Hoy, Don Carlos, he creído, con todas mis fuerzas, que eras tú el que me leía Los mundos de Narnia en el metro. Tanto ha sido así que, cuando he vuelto de desayunar con elfos y reinas, me había pasado cinco o seis estaciones. Vuelta hacia atrás, sorteo de gente, carreras sobre tacones y un mínimo aviso de que lo que mal empieza... no acaba bien. A la hora de comer he elegido un menú poco habitual. Y no sé por qué. De primero, recuerdo en blanco y negro, con brote de impotencia al rojo vivo (estaba hecho de una secuencia de la resistencia polaca a la invasión alemana, donde una chiquilla era obligada a tocar el violín ante millones de compatriotas aterrados y hacinados en un campo de concentración. La melodía acaba cuando los oídos, poco expertos, del soldado se cansan y dilapida el concierto con un balazo en el centro de dos ojos negros, que dejan la vida mirando al terror de frente... La camarera me ha dicho que le habían puesto una pizca de Anselma cocida, que es una especie de manchega que, pese a la II República, la posterior democracia o el esfuerzo de sus hijos por pintar briznas de alegría, jamás borro de sus ojos, de su cabeza, de la tumba de su pequeña, de su cama, de su casa, de su pasado, de su presente o de su futuro, la sombra larga y pesada de una guerra civil. He tenido que pedirle a Mariola que no le pusiese salsa de llanura peruana. Aún mantengo el apadrinamiento de Pedro y de Jayro por allí, y no quiero comerme sus mínimas esperanzas de que no acaben en las infinitas estadísticas de los trabajos forzados a niños que apenas levantan un metro del suelo. Lo cierto es que estaba casi a rebosar cuando me han traído el segundo plato, pero me pierde el olor a niñez. Fotos de todos nosotros, cogidos de la mano, pasando tardes enteras en el parque del Retiro, con braguitas nuevas si era Domingo de Ramos. Le han salpimentado con una pizca de lluvia veraniega del norte español, donde yo podía pasarme horas jugando a crear mi ramo de flores perfecto o haciendo agujeros para enterrar hormigas o mariposas desafortunadas. Nunca tomo postre. Pero Mariola me ha tentado con un helado de sueños perdidos, parecidos a los de querer ser periodista de guerra, como la mitad de los niños del colegio público de Los Angeles. Ya en aquel momento me dí cuenta de que no era, en absoluto, diferente a los demás, aunque mi objetivo sí lo fuese. Ellos querían ser famosos y valientes y salir en televisión o conseguir muchas medallas, que lucir en el pecho. Ellas querían ser guapas y conocer a Jesús Hermida o al presidente de la gran América. Yo prefería soñar que conocía Africa o la India o Taiwán o Sudamérica... países que me fascinaban porque la gente era distinta y los niños iban descalzos y tenían hambre y las niñas trabajaban desde pequeñas y todos hablaban otros idiomas y algo me decía que su vida no era como la mía y seguía creyendo que si estudiaba mucho podría aprender a escribir y así escribiría la historia más bonita del mundo, donde habría una fiesta llena de niños de todos los tipos y hablando muchas lenguas y jugando a la Rayuela en la luna... Hoy no he tomado café. La digestión ha sido muy pesada. Mucho. He acabado mi trabajo, he cerrado la oficina y he cogido el metro, de vuelta a casa. Sinceramente, de regreso no he conseguido tener la sensación de que tú seguías leyéndome. “Detrás del armario de Lucy se esconde el fantástico mundo de Narnia...”, y yo he llegado a casa, he tenido mi mal final, que ya te contaré, y sólo he podido salvar una sensación: he mirado dentro de mi armario-cuerpo y he descubierto mi falta de apetito. Como recuerdos porque no cumplí mis promesas con la vida. Ceno fracaso y desasosiego porque he dejado de adorar mi trabajo, tan sólo lo hago; he dejado de querer dar besos, tan sólo los guardo; he dejado de perseguir sueños, tan sólo los lloro... Y, sin embargo, parece que he conseguido dar gato por liebre a más de uno, incluyéndome yo misma (al final va a resultar que tengo más talento o garbo del que pensaba)... Dicen que para asegurarse un futuro es necesario salvar el pasado. Tal vez por eso he decidido volver a hacer agujeros, para poner hormigas desafortunadas, en la playa que instalé entre la cajonera y el armario. Tal vez por eso compré el libro de Narnia... Tal vez por eso tomé prestadas estas palabras de casa de Carlos.
Palabras para Julia. Blas de Otero
Tú no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja como un aullido interminable.
Hija mía es mejor vivir con la alegría de los hombres que llorar ante un muro ciego.
Te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola tal vez querrás no haber nacido.
Yo sé muy bien que te dirán que la vida no tiene objeto que es un asunto desgraciado.
Entonces siempre acuérdate de un que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso.
Un hombre solo una mujer así tomados de uno en uno son como polvo no son nada.
Pero yo cuando te hablo a ti cuando te escribo estas palabras pienso también en otra gente.
Tu destino está en los demás tu futuro es tu propia vida tu dignidad es la de todos.
Otros esperan que resistas que les ayude tu alegría tu canción entre sus canciones.
Entonces siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes junto al camino nunca digas no puedo más y aquí me quedo.
La vida es bella tú verás como a pesar de los pesares tendrás amor tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección y este mundo tal como es será todo tu patrimonio.
Perdóname no sé decirte nada más pero tú comprender que yo aún estoy en el camino.
Y siempre siempre acuérdate de lo que un día yo escribí pensando en ti como ahora pienso.
Por cierto, Don Carlos... hoy he dejado el libro en casa, estoy algo cansada... Y comeré cualquier cosa rapidita porque tengo trabajo pendiente, así que tengo que dejarte. Ah... gracias por la canción y por la ternura...
Dana...
Papyrum...“Todos los días debiéramos preocuparnos por escuchar buena música, leer hermosos poemas, extasiarnos en lindas pinturas, y hablar palabras razonables. GOETHE”. Feliz semana a todos. Y gracias, Sol.
Hola, Don Carlos... Hoy, sólo paso a decirte que es Semana Santa lo que es sinónimo de vacaciones. Off, al menos en lo referente a lo laboral. Pero... quiero presentarte a alguien antes de coger el cochecillo, a Gasol y las llaves de una casita perdida en la sierra de... Bueno, está perdida así que no doy más pistas, que hay mucho Holmes suelto. Ella es Sol. Imagina la de cosas brillantes que pueden hacerse con ese nombre. Tú me conoces lo bastante bien como para saber que por Madrid centro me conocen menos que por Cádiz, lugar precioso al que nunca he ido. Hasta el momento, y desde hace más de quince años, me las ingenié para no acabar trabajando en el centro del foro. Demasiados coches, demasiado estrés, demasiada gente para desayunar, demasiados japoneses para comer, demasiados demasiados en el metro y el tren, demasiado grande, demasiado cosmopolita... Demasiada ciudad para mí. Porque sí, sigue en pie, y en primer lugar, conseguir el alquiler de una casita de campo, donde quepamos Gasol, mis libros, mi dieta y mis seres queridos. Y tú, y tú, claro. Pero, como sabes, siempre hay que buscar la parte buena de las cosas. Y venir al centro las tiene. Al menos una (porque no creo que encontrarse todas las mañanas a Leticia Sabater cruzando la Calle Orense sea un acontecimiento resaltable... o sí?). Los parquímetros de la zona azul son muy antipáticos y están más que estresados, así que me recomendaron que dejara de mirarlos y me sacara un bono de transporte público. Y lo hice. Y, una mañana, me di cuenta de que, en las casi dos horas de trayecto para cada lado, podía leerme un libro.... por semana laboral!!!!, costumbre divina que había abandonado a merced de la radio del coche y de la cercanía de mi anterior empleo. No, tampoco hoy es el momento de hablarte de la vida cibernética e “interniana”, pero, dando un paseo por el blog del talentoso, artístico y dulce Carlos, encontré unas Callecitas estrechas, por las que pasé despacito, con cautela y admiración, hasta llegar a PAPYRUM, una biblioteca virtual, en la que Sol ejerce de amable y completa bibliotecaria, instándonos a que vayamos adoptando libros, cual si fueran hijos o amigos que, aunque acaben yéndose de casa, no habrá alguien capaz de arrancarte el legado que te dejan en el alma. Salí de allí enamorada de su idea, agradecida por su devoción a los libros y entusiasmada porque alguno de los “adorables vecinos” que vienen a leernos, se animen a ser papás, aunque sea primerizos, de un bebé llamado libro. Yo adopté “La balada del abuelo Palancas” y estoy intentado decidir si mi próxima elección será “Mulanga”, “Hasta que te encuentre”, “Los niños perdidos” ó “Los santos inocentes”. Mientras que mi indecisión me da una tregua para desayunar, creo que me espera la agenda de mi jefe con más hambre que yo misma, de modo que te dejo tranquilo, con tu cigarro y tu cafetillo de las diez. Sin embargo... prométeme que en cuanto acabes te das una vuelta por Papyrum... Apúntate la dirección.
http://spaces.msn.com/alberoymar/
Buenos días, Don Carlos.
Nota: Permíteme que hoy elija una canción preciosa, que tú solías cantarme algunas tardes de adolescencia con perfume de desamor, incluso algunos días de lluvia, que pintaban el paisaje perfecto para una declaración de amor...
Dana.... o a veces, Yolanda...
Doña Julia......Mi madre encuentra la felicidad cuando yo la encuentro. Cuando yo vivo algo hermoso, lo vive a través de mi experiencia. Mi madre reza por mí, incluso cuando yo solo rezo por mi mismo. Mi madre me daría el mundo entero si fuese capaz. Gracias Mamá.. FDO: David. Tened una Semana Santa feliz. Y no os olvidéis de volver....
Hoy es 11 de abril. Aparentemente un día más. Tan sólo hace 32 años que nos mudamos a nuestro pisito en la periferia, desde el viejo barrio del Carabanchel carcelario. Tan sólo hace 4 años y medio que nació mi pequeño bretón-galgo, Gasol, que ya te traeré para compartir babas y carreras por detrás de su correa. Tan sólo hace 24 primaveras que Doña Julia se quedó esperándote en el malecón de su alma, después de aquel café con canapés de aquel día de verano mundialista, en el que competiste con Naranjito, por el puesto de titular del año en todas las revistas de cotilleo. 24 años son 286 meses, 1144 semanas, 8008 días... Ocho millares de días que cada una hemos latido como nos ha permitido el dolor, primero, el sosiego, más tarde, y, por último, la paz que da la costumbre de querer a alguien sin impedimentos, porque los héroes los crea uno mismo y siquiera la madrastras de Blancanieves puede envenenarlos. Tú siempre (antes y ahora) me acariciaste la vida con tu seguridad, con tus ojos azules, con tu sonrisa burlona y con tu voz fuerte y ronca, que apenas recuerdo. A menudo sí intento recordar, y creer, que ella tiene el mismo sentimiento. De cuando en vez, me dice, entre orgullosa y enfadada “si supiera que eres del Barça te ibas a enterar de lo que vale un peine”, y sonríe, tan madridista y tan triunfante como cuando asegura que trabajar era lo que tú hacías, y madrugar era levantarse a las 6 de la mañana, coger la furgoneta Saba, recoger la carga en la Gran Vía y repartirla por todo Madrid, durante nueve eternas horas. A veces, me pregunto cuando me atreveré a darle ese beso que le debo. Un solo beso que dura 8008 días, más seis años extras, y que se ha ido escondiendo dentro de mí, hasta llegar a ser inalcanzable. Alberto ha escrito palabras hermosas sobre su madre, en los últimos días, quizás años. Tengo un maravilloso amigo que siente que su progenitora es la mujer de su vida, sin duda alguna, aunque haya de compartir ahora ese trono con dos princesas y un gran amor, que acabará llegando. Irene y Lupe, allá por nuestros quince, le contaban a sus mamás que les gustaba el nuevo compañero de clase y que aquella tarde de Sábado iríamos a Bianco, de 7 a 10 a bailar y tomar un refresco. No recuerdo que Doña Julia me preguntase jamás dónde iba. Tengo que decirte que Doña presumida ha encogido, apenas si levanta metro y medio, pero tiene un genio del tamaño de Gasol, jugador de basket, no perro. Las cosas que le ponen contenta son, no necesariamente por este orden: que ganen los galácticos, que la llevemos de parranda por su cumpleaños, los toros, la noche de Reyes Magos, el periódico matutino, el programa de deportes, los frutos secos y la nueva habitación, tele incluida, que estrenará en una semana. Lo que no le gusta: el barça, los niños, las acelgas, madrugar... Pero, también, no sé si gustándola o no, dejó de gustarle, o dejó un día de ir a peinarse y a teñirse el pelo, unas dos décadas atrás. Y dejó de salir a pasear. Y dejó de ir a tomar cafetitos con las vecinas. Y dejó de recordar sonreir a menudo. Y alargó sus propios cuidados, algunos incluso hasta hoy. Y, a veces, pensé que había dejado de soñar... Y... Y... Y... Por eso, cuando la miro, (con menos arrugas físicas que yo, la jodía), y pienso que le debo ese beso que sé que le debo, sólo intento descubrir qué puede hacerla sonreir, qué bollo le hará más ilusión en la merienda (esa es fácil: milhoja), qué podemos preparar para su próximo cumpleaños, que es la segunda fecha del calendario en que puede ver a una grandísima parte de la familia compartiendo mantel y responsabilidades del corazón, y me pregunto dónde puedo financiar pequeños sueños y momentos que endulcen su vejez, tan solitaria, porque ella no pareció querer envejecer junto a nosotros, o quizás porque nosotros no hemos sabido estar a la altura de su vejez y de su maternidad... Me pregunto porqué no entro a su flamante habitación de pino, antes de que ese pase a ser uno de los grandes errores de mi vida, cada noche hacia las nueve y media y le dejo un beso en la frente y me pongo a cenar, con la bendita sensación de quererla y que además lo sienta en su interior. Y sí. Sé que sólo es un gesto, que siquiera hay que fingirlo ni inventarlo. Sólo recuerdo una ocasión en la que Doña Julia me dedicó una larga, defendida y maravillosa mirada de amor, en un capítulo que ya llegará, y sólo sé que, una semana después, seguía anonadada y tenía grabada en mi mente su mirada llena de amor, e incluso, de protección y orgullo materno. Esa mirada está en mi equipaje vital, no te preocupes... Ya sé que tú me dirías lo mismo que el hijo Palancas, al nieto Palancas, en la Balada del Abuelo Palancas, libro conquistador que te leeré en estos días. “... y hasta puede que se te haya olvidado la satisfacción de llorar... Dáselo ya, hija”. "Cuando voy a verla allí, sentadita en su sillón de mimbre, tan mayor y tan niña, le beso las mejillas, tomo su mano entre las mías, le digo algo cerca de su oído, le aproximo unos cacahuetes para que se alegre con mi complicidad... pero ese beso antiguo que se me quedó petrificado en tarde de canapés, permanece lacrado sobre mis labios como una garrapata....”. Y tú me preguntas, Don Carlos: ¿qué te lo impide?. Y yo te contestó... no lo sé. La costumbre, supongo. La falta de costumbre física. Porque sé que la del corazón la tengo... Quizá sea que mi capacidad de ser hija y ser madre ha tocado techo. Tal vez un 11 de abril cualquiera sea el día en que mi beso deje de ser garrapata para ser suyo. Nunca le agradecí aquella mirada de amor... Sinceramente tuya. Y suya...
Dana...
post: Te dejo la canción que te compuso a medias con el genio de inspiración y guitarra que es Rosana. Y prométeme que me ayudarás a quererla.... Oye, Don Carlos...“Mi cuarto está escrupulosamente colocado y no hay donde encontrar notas o escritos traspapelados... aunque puede que encuentre algo si rebusco, con interés, en el corazón, que también tiene polvo acumulado....” Vosotros podéis ir recopilando ganas para tener un fin de semana como manda la sensatez: de órdago.
Mira, Don Carlos... Que quería contarte aquella noche que me dio por beber sidra, sin vergüenza ni control, la noche de un viernes en la localidad de North Kessock, en casa de un amigo, Mac Pherson, más escocés que el buen güisky y más cerrado que la mollera de Don Quijote cuando se empeñaba en ver molinos de viento donde sólo había gigantes...En fin, su teoría de la vida la dejamos para otro día que estemos más lúcidos. A lo que iba. No estábamos solos. Nooooooooo. Como invitados sorpresa, le cociné una ensalada y una tortilla “great, fantastic and cojonuda”, con unos entremeses de salmón bañado en un salsa color de chocolate, que no traduje a sabor, y le hice bajar a la tienda de Wendy Mac Lean a comprar un litro y cuarto de sidra. Celebrábamos mi vuelta a España y decidí empinar mi futuro, porque el codo lo tenía molido de cortar salmón ahumado doce horas diarias, en una factoría de las afueras de Inverness, en la que los 5º bajo cero de las neveras me hicieron un millar de sabañones en las manos y sólo uno en el alma, castigando mis sueños. (Inverness es el pueblo de la pequeña Escocia en que viví durante diecinueve meses y que incluí en el Currículum de mi vida para sustituir algunos huecos vacíos). Después de la tortilla y la ensalada (que enamoraron su mal paladar británico) dudo que yo hubiese podido dar un paseo juicioso, siquiera por el salón, porque tenía una mezcla de ardiente chimenea y sonrisa infeliz, columpiándose en mi mirada como un balancín de parque. Donny (Mac Pherson) me miraba y seguro que pensaba, por trillonésima vez en dos meses, que ya le gustaría que subiésemos a la planta de arriba, porque se ahorraría quitarme el jersey azul que casi cuelo en las llamas de carbón y madera vieja, que, sino, igual podía acomodarme en el largo sofá marrón y hacer algo para que mi cabeza parase, o desabrocharme la camisa y conseguir detener mi angustia o mi sonrisa idiota, decididamente erótica para sus ojos verdes, o... Recuerdo que yo, tan borde como casi siempre, decidí espantar la ternura, que ya olía más que su deseo, y repartí lo que sobraba de la botella entre mi boca y su cabeza, evitándome el mal trago de rechazarlo una vez más, porque prefería pagar mi alquiler con libras esterlinas. No sé si me equivoqué o no, porque los borrachos no entienden mucho de cordura, o a ver si va a ser que la locura no entiende de ser abstemia..., bueno, tanto da, el caso es que él sonrió, yo sonreí y él soñó que se cumplía uno de sus sueños y yo soñé que el arte de soñar y volver a soñar, después de llorar sueños rotos, es difícil aún estando ebria de alcohol y esperanza. Oye... Don Carlos... ¿me concedes un break?. Voy a permitirme una licencia hoy, que no es literaria, retórica o poética, tan sólo me la he arrancado del corazón y de la memoria, pero estaba pensando que ya que nadie nos lee y, sin que sirva de precedente o manía, por unos minutos, quiero llamarte como el primer día que te conocí: papá. Te prometo que, en cuanto eche el vómito que me aprieta o el hueso éste que tengo atascado, muy atascado, recojo mi sobriedad y vuelvo a ser borde y altiva y aparente y de granito y tú vuelves a ser quien mereces, Don Carlos. Y aquí no ha pasado nada. Pues verás. Es que aquel viernes sidroso lo que recuerdo más nítidamente es que te echaba de menos y que la soledad me emborrachaba más deprisa que la sidra. Como hoy...o como siempre. Es que te echo de menos, qué carajo. Echo de menos el hombre que me inventó y que encima me quiso tal como era y que me prometió que mi niña iría siempre conmigo, que sería una acordeonista lunática, una poeta y una dama llena de sueños y que me explicó que no debía asustarme con un día nefasto, porque estos pasan con una indigestión de optimismo o que los zarpazos de la vida no hacen sino crecerte más feliz, ayudándote a levantar una y otra vez. Una y otra vez. A menudo me acuerdo de la playa cantábrica del Sardinero, allá por los años 80, que siempre estaba sucia lo que nos permitía volvernos a casa y de camino llenábamos barreños de caracoles, que era lo que más me gustaba después de lo de coger ranas en la charca de la era de Balbarda, en Avila, que Davicito siempre espantaba porque no sabía pronunciar la erre y lo intentaba justo cuando saltaba la “rrrrrrrrana!!!!”. Te sorprendería verlo hoy. Es un hombretón interesante, sin embargo a mí me enamora su estado de niño de cuatro años que asustaba a los batracios, con su ímpetu de aprendiz. Y recuerdo, especialmente, cuando me enseñaste a montar en bicicleta y cuando os pedí que me cortaseis los rizos, porque ya no quería más peine y más champú en los ojos ni más carreras para esconderme detrás de la máquina Sigma de coser, donde mamá no cabía con la barriga de Lola, y cuando me decías que si hablaba menos en clase subirían mis notas y que la próxima vez que cambiase mi anillo por un cuento de la Cenicienta, tendrías que regañarme porque los regalos no se dan ni se regalan y porque el oro costaba noventa y cinco horas de trabajo, conduciendo tu vieja furgoneta llena de carretes de fotografía y de colillas del señor tabaco. Recuerdo... la última vez que fui a visitarte al Hospital de la Paz para confesarte que Danita había pasado a ser la Señorita Dana en esos días, por motivos más evidentes para ti que para mí misma, y tú, desde esos ojos azules en los que yo veía un mundo exquisito y una sonrisa perenne, aunque a veces fuese triste, me miraste con magia y me prometiste que la vida sería justa conmigo, porque yo la cuidaría como se merece y eso siempre tiene premio. “Para mí ese premio, cariño, es ver tus ojos tan curiosos, tan deseosos de aprender, tan grandes como el futuro que te espera. Cuando tu hija, dentro de dos décadas, te mire así, con la ingenuidad, la curiosidad y la tranquilidad con que tú lo haces hoy, habrás recibido una de tus grandes recompensas...”. Se está acabando my tea-break... Papá... ¿cómo se aprende a no echarte de menos y a cuidar a la vida para que no te regale resacas de lágrimas y sueños rotos?, ¿cómo te concede la vida un préstamo para financiar un imposible?... Tú sabes bien que soy abstemia convencida, porque nunca me convenció no serlo, y, sin embargo, hoy me siento ebria de nostalgia y esterilidad, porque he agotado la cartilla de racionamiento en la lista de espera de la esperanza. Al menos en la que tenía pedida la vez, desde hace veinte años, para recoger el premio que me darían unos ojos abiertos, llenos de curiosidad y de ingenuidad y de tranquilidad... Ya sé que esa mirada nunca me pertenecerá, porque en ese pulso la vida me dejó kao a los puntos, y tengo pruebas coherentes que es lo único que siempre convenció a mi cabeza, así que, cuando llegue el momento, espero que sean tus ojos azules los que me esperen. Ahora sí llegó "the end". Perdona la tristeza. Disculpa la borrachera de nostalgia... Y recoge a Don Carlos. Dana se siente mejor, después del café con azúcar de tus ojos.. No dudes que la canción que te dejo hoy, nuestra favorita, es para ganarme un abrazo (aun con la voz del Señor Sinatra...) Por cierto... traigo un regalo para tí. Y no es mío. Es de Alfonso. Cuando encuentre las palabras adecuadas, si es que existen, le daré las gracias. De momento, disfrútalo.
Dana...
Códice de barro y miel..."Recuerdo... llegar del trabajo, en ocasiones agotado y, nada más abrir la puerta, escuchar la carrera que mi hijo (niño entonces), daba por el corto pasillo hasta que llegaba a mí, y se colgaba de mi cuello esperando un puñado de besos y quizás algún pequeño regalo. Sensaciones agradables, de características "semejantes" -no digo que sea lo mismo-, son las que percibo al llegar mi vista a los contenidos a los que he hecho referencia. Por eso digo en el título: Miedo a engancharme...” No dejéis de regalaros un paseo por este blog... http://spaces.msn.com/alberasen/
La Garbo poseía diversas pipas, aunque existen escasos testimonios gráficos de su afición. Parece ser que tenía cierta debilidad por los modelos grandes y masculinos, algunos de ellos obsequio de los pocos amigos íntimos que conservó hasta su muerte. Según afirman los que cultivaron su amistad, la larga Churchwarden era quizá su pipa favorita. GRETA GARBO, cuyo apellido real era GUSTAFSSON, nació en Estocolmo en el seno de una familia pobre. Los únicos recuerdos agradables de su infancia estaban ligados a su padre, un marino demasiado aficionado al alcohol, al que GRETA adoraba. Probablemente la afición de su progenitor por las pipas la llevó a acercarse a esta forma de fumar, aunque en contadas ocasiones la exhibió en público. Sin embargo, los cigarrillos los encendía la GARBO “uno tras otro”, según BARRY PARIS, uno de sus mejores biógrafos. “LA DIVINA” cultivó, con su carácter reservado y su legendario atractivo, un mito sin sombra en la historia de Hollywood. Su ambigüedad, incluso sexual, unida a su desaparición de la escena a los 36 años en la cumbre de su carrera, contribuyeron a hacer de la GARBO una leyenda. La actriz que dotó de rostro y personalidad a la reina CRISTINA de Suecia, MARGARITA GAUTIER, ANNA KARENINA y MATA HARI, fumaba en pipa tabacos aromáticos, pero nunca renunció a probar otras especialidades más poderosas como el “LATAKIA”, un tabaco de origen sirio. No tuve excesivos (ni tengo ) mitos en mi niñez y adolescencia, y tampoco recuerdo haberme querido parecer a nadie especialmente (vale, miento, quise ser Withney Houston y Scarlett O´Hara en algunas ocasiones, pero recuperé la lucidez ipsofacto). Aunque he de reconocer, no sin cierto asombro, algunas similitudes con la Srta Greta. Crecí enamorada de mi padre, que no tenía el vicio de la bebida pero sí del tabaco y también el de hacerse querer y el de procurar inculcarnos que los niños y las niñas éramos parecidos, excepto en salva sea la parte, que para querer y entender a un anciano tienes que mirarle a los ojos, o que la diplomacia nos obligaría a repudiarnos a nosotros mismos a la mínima ocasión, pero que nos daría ciertas oportunidades de darle esquinazo y no había que desaprovechar la ocasión de hacer, de cuando en vez, lo que nos apeteciera, sin pensar en las consecuencias (sociales, vecinales y demás parafernalia al uso)... Es posible, también, que su afición por el tabaco fuese, junto con sus ojeras y sus orejas, la tercera cosa que me dejó en herencia, (de la que intentó liberarme más por motivos hormonales que los de un convencimiento inteligente), aunque la ambigüedad que habita en mí no es precisamente sexual (me gustan los Hombres pero prefiero que no sean “guapos y cortésmente estúpidos”). Si acaso mi ambigüedad podría ser vital, laboral o casual, porque comparto conmigo misma momentos de gran lucidez y serenidad con otros de debilidad lacerante y escaso compromiso con mis sueños, que son muchos los que aún debo a ese progenitor que me inculcó el sano arte de soñar y volver a seguir soñando después de llorar los sueños rotos. Y todo este párrafo tan bien hablado que no escrito, en deferencia a su buena expresión, Don Alberto, no es más que una manera de agradecimiento (le sorprendería saber al propietario de ese Códice de Barro y Miel lo justita que me quedo cuando es mi lengua y no mi pluma la que hace pública mi opinión o lo bien que me llevo con los niños, los perros y los ancianos a poco que utilizo mi exquisita educación en una guardería de arrabal junto a un parque florido , y hoy sustituido por un encantador garaje de tres plantas de profundidad) a las flores que suele traerme, cuando viene de visita, y a un beso que he encontrado hoy, al alba, en una sencilla y manufacturada caja de madera. Reconozco que la he cerrado ansiosamente deprisa, ya que el ansia está de moda, porque la vida está llena de momentos en los que un beso puede hacerte volver a creer en Dios, sea cual sea su forma y religión, o simplemente regalarle una caricia a tu alma cuando está encogida. Una, a veces, y haciendo gala de su prepotencia o de su infantilidad que quiere ocultar pero, a la vez, quiere gritar que no ha perdido, se ha declarado atea, irónica, divertida, tolerante, tajante, borde, trabajadora, y tantos otros adjetivos, sin tener derecho alguno a ello, porque al fin y al cabo, como dicen en La Sombra del viento (fascinante lenguaje y genial su composición) ...la gente no te ve como eres sino como quieren que seas o como tú quieres que ellos te vean. Pero, presuntuosamente aunque no pienso confesar que soy presuntuosa, me gusta el Garbo que Usté me atribuye, ya que hay una canción que dice algo como “pisa morena, pisa con garbo....” y entiendo yo que eso no incluye calidad, talento o maravilla, sino que es cuestión de entrenamiento, pizca de gracia y algo del talante altivo y frío que se nos atribuye a los madrileños, allende nuestra Comunidad... Déjeme que le diga algo, con todo el respeto: es admirable saber que, tras 32 años de dedicación exclusiva (en el ámbito laboral) aún se puede incluir en una confesión no relevante, la capacidad de querer hacer bien su trabajo. Y hay más. Déjeme que le felicite no por el detalle de no hacer diferencias entre sexos, que encima confiesa abierta y públicamente según están las estadísticas del paro, sino por que no se ha tomado la molestia de querer más a su padre o a su madre, Don Pedro y Doña Josefa. Al contrario, parece que los admira por igual, y por diferentes motivos, cosa que le honra y sostiene totalmente su integridad. Como lo hace también su exquisita educación al saludar a las damas con un piropo, antes de tomar asiento en la mesa para cenar. Por último y, sin embargo, en el lugar más importante, déjeme que le agradezca su capacidad de sorprenderme con pequeños detalles que dejamos para una conversación posible, de esas en las que se habla y se habla hasta ser dialogante, y que le felicite por sentir la misma envidia sana que yo siento y que no hace más que sostener la teoría de que la situación del contrario suele ser más interesante... Vamos a hacer un trato. Bueno, dos. Una. Comparto mi comida vital con Usté, comentamos las exigencias necesaria para lo que sea menester y ponemos la cabeza a la misma altura, que va a ser la mejor manera de lanzarnos piropos mutuos. O trastos, si llega el momento. Dos. Se acabó el tratamiento de Usté. Si crees que tu longeva edad o tus taitantos años de oficio me coartan... vas listo. He procurado ser bien hablada, comedida y lucir un mínimo garbo, porque todo ello lo requería la ocasión, pero... se acabó el paseo en barco. A partir de ahora, la barquita que usemos para pescar y el tamaño de los peces que piquen el anzuelo será sorpresa. . Eso sí... procura seguir siendo encantador.
Dana...
Magia..."Para disfrutar en verdad de un perro, no se debe tratar de entrenarlo para que sea semihumano. El punto es abrirse uno, a la posibilidad de ser más perro." Dale un achuchón a Blacky de mi parte.
En los últimos tiempos me han llamado demasiadas veces, nada más y nada menos que, Princesa. A mí... (si, que también he de decirte, y no vayas a reirte, que hay hombres que me cortejan, pero mis artes les dejan, absortos y acojonaos, que no pillo yo saraos, como no cambie mi estilo, y esconda un poquito el filo, de mi escote desbocao....) Princesa, te decía que me llaman. Incluido tú. Y no quiere decir que lo entienda o que pueda ratificarlo, pero a nadie le amarga un dulce. He dejado de preguntarme por qué, al menos más de cinco veces diarias. Como he dejado la costumbre de incluir en mi vida personal cosas y personas, que no comparten una filosofía similar a la mía. Es curioso darse cuenta de cómo, cuando llegas a cierta edad (y cierta quiere decir que pasas los 25, los 30, los 35... y descubres que no todo es rosa, que el amor sufre enfermedades terminales, venéreas o psicológicas, que los niños no vienen de Paris, que la suerte es esquiva como una anguila....), en fin que, cuando llegas a cierta edad eres más exclusiva, más exigente, más selectiva y, aún sonando paradójico, más tierna y cuidadosa con aquello que te importa. De jovencita casi cualquiera pueda pasar por tu amigo o amiga a poco que te regale un halago, que comparta un secreto o que forme parte de un reto seguido de un logro. Incluso llegas a pensar que lo darían todo por ti. Y viceversa. Hoy, después de una vida de treinta y tantos que, como buen cotilla que eres, ya te contaré con un café o con un texto deslenguado, puedo, cuanto menos, elegir a mis amigos. Puede que no sean los mejores o los más apropiados, pero tengo mis criterios y estos pasan por un mínimo sentido del buen o mal humor, una dosis considerable de tolerancia y capacidad de escucha (en todos los sentidos, no me jodas, eh...) y otro poquito de querer cambiar el mundo, si es posible por las buenas. Si, además, tiene magia, es pelín canalla, no abandonaría a un perro, lee la vida con ansias y la capacidad suficiente para no ir a la última página antes de tiempo... bueno, resumiendo, que... a ver cómo te lo explico. Soy un desastre para casi todo y no voy a permitir alegato alguno en mi defensa. Pero soy un encanto a poco que me lo proponga si creo que la causa merece la pena. Y tampoco suelo aceptar que me varíen la opinión sin motivos más que razonables. Y... me temo que el Mago merece muy mucho la pena, además de una entrada más rimbombante, pero tú sabes bien que mi estilo es la ordinariez-elegancia y decir las cosas como son, aunque mi obsesión deslenguada me lleve al infierno más aterrador, cuando esto acabe. No voy a decir que esté deseando que acabe, pero tiene su morbo lo del diablillo... Y, encima, me importa un carajo ir allí. Sólo te lo voy a decir una vez, Mago: mañana, pasado, o al otro, o el invierno próximo, o en 2009, podrán pasar muchas cosas, pero hoy, y tómatelo como tiempo presente, vamos a conseguir que pasen algunas buenas. Tú y yo y otro montón de tarados deseando sonreir de cuando en vez. Porque podemos elegir. Porque tenemos un perro que pasear. Porque el parque está preciosamente primaveral. Porque ni tú has escrito esa novela pendiente ni yo he criticado, mordaz y positivamente, capítulo alguno. Porque tienes los ojos azules y sé que eso sólo puede ser bueno... Porque formas parte de mi vida, Mago, y , entre mis planes de futuro, no está cambiar esa situación. Si acaso, felicitarme por haberte conocido y que tú te felicites, o te fustigues, porque no te será fácil librarte de mí. Que me cueste decir te quiero no está penado por la ley, pero te advierto que ser cojonudo y especial es algo que pondría nerviosa a la justicia, por falta de costumbre. Y, hablando de costumbres, si ves que me olvido de ser exclusiva, exigente, tierna y cuidadosa contigo, dame mi merecido. O mejor, dame la mano. Tenemos un largo paseo que dar.
Dana...
Desvaríos de La Rizos."La limpieza de mi cuarto-leonera no ha acabado.
Hoy mi jefe directo ha presentado la baja voluntaria. Que porqué?. Pues es una buena pregunta, ya veo que no cambias nunca Creo que ha perdido competencias en la empresa que lo han relegado de funciones propias de su cargo de jefe de obra por motivos algo complicados para mí. Un poco de poco sentido comercial, demasiadas dosis de prepotencia indocumentada, algo de una mala dirección empresarial desde la cúpula... Nada que me competa, parece. Mucho que me afecte, presiento. Mi vida laboral es, digamos que, inestable, con visos de mejora (o eso sería lo ideal, al menos). Auque tuve épocas más brillantes, créeme. A los veintidós tenía una buena experiencia acumulada. A los veintitrés ganaba el doble del sueldo base y algún sobrecito bajo cuerda. Tenía coche de empresa e, incluso de cuando en vez, recibía reconocimientos personales y palabras muy parecidas a los halagos por parte de mis jefes. Ya sabes tú que la rizos no fue mucho de soportar los piropos de manera estoica y, aún menos, de las diferencias entre sexos, pero reconforta saber que, en el fiera y dicen que masculino mundo empresarial, la menda se había hecho un hueco aunque fuese a presión. Así me vi gestionando la logística de un departamento al cuarto de siglo, a las órdenes de un ex conductor de la guardia real, adicto al güisky, las mujeres y las doctrinas del “aquí se hace todo lo que a mí se me ponga en los cojones”. Ya, ya sé que una patada en parte tan jerarquizada no era lo más adecuado para asegurar mi continuidad laboral, pero, entiéndeme, lo de soportar un aliento alcoholizado, con hielo de gritos y refresco de autoridad hitleriana, me emborrachó. Pero... si es pisar la chapa de una cerveza y me arrancó por soleares, cuando tú bien sabes que soy totalmente negada para el baile, qué voy a contarte...Afortunadamente, después de cuatro años, la reunión del despido fue divertida porque, incluso, el patriarca, a la sazón, todavía máximo responsable de la empresa, me dio unas palmaditas en la espalda, casi a la altura de más abajo, me guiñó el ojo y susurró “porque tengo cuatro retoños para que hereden, que sino te daba las llaves del despacho mayor y de mi habitación... de invitados”. En fin, que mi Currículum siguió con un golpe de suerte que me situó de Responsable de Franquicias, con diez tiendas repartidas desde el centro al norte de España, motivo que me permitió pasarme pequeñas temporadas en Lleida, Vitoria, Salamanca, Toledo, San Sebastián y, especialmente, Zaragoza, que era nuestro mejor cliente. Pero tampoco duró. Hay que joderse. Los beneficios brillaban por su ausencia y el señor Director General más humano, implicado y soñador que yo haya conocido, me llamó, personalmente, al despacho para decirme que, aunque correr es de cobardes, más valía pájaro en mano que pollo en fotografía. Bien. “Queda despedida”. Así que me liquidaron, económica y anímicamente, antes de que las arcas quedaran vacías y el destino me llevó a un Rent a car cerca de casa, ya pasados los treinta... Supongo que, en algún momento del camino ese que se hace al andar, me equivoqué. Para bien o para mal, las cosas se fueron desviando del mundo laboral que había ido forjando mi experiencia . Con la moda, tan lineal y vigente, de esta nuestra comunidad europea de poner rotondas en todos y cada uno de los cruces, perdí la orientación laboral. Y hasta llegar a este momento algo descafeinado pero con mucho azúcar, me permití el lujo de pasar año y medio bajo brisa británica y un verano en las costas asturianas. Recuerdo que, vestida de uniforme por vez primera y, afortunadamente sin cofia, libraba el jueves completo y los domingos por la mañana. Solía salir a pasear por la playa de San Antonio y escribir cortos poemas a la sombra de algún toldo silvestre, a unos metros de las escaleras de acceso a la arena... “A mi abuelita, a la que tanto quiero... (porque decía ella en su lecho de muerte, si yo no te traté como mereces.... ocúpate de que los guantes negros se vengan conmigo...)” La calidad de mi poesía es evidente aunque nula, pero, no sé porqué, me pareció delicioso recordar lo reconfortante que es recibir mucho más de lo que das y lo fácil que es hacer feliz a una niña de noventa y siete años menos tres días. Claro que puse sus guantes de lana negra sobre su regazo apacible y conmovedor, en el impersonal tanatorio de Ávila. El frío de la nevera no consiguió borrar el deje de su semblante, de niña cansada únicamente de vivir. Tan pequeñita, tan guapa, tan abuela. Sí, sí, ya sé que, en más de una ocasión, tú te molestaste con el resto de la familia porque pensabas que no estábamos a la altura del resto de primos y nietos en cuanto a derechos y repartos generales, pero aprendimos pronto que las alturas no siempre llevan el orden lógico y simétrico que se nos vende o que no hay más altura que la que pueda poner el corazón, así que hice lo que tú hubieses hecho, pero con más gracia, que te has perdido interesantes novedades de los noventa. Ya te contaré, ya. Al menos la abuela descansó después de un atracón de sardinas y un par de copitas de vino como manda la divina insensatez. Pero también tenía otra función en Llanes: trabajar, y he de reconocer que para ser la primera vez, no se me hizo difícil eso de ejercer de Dama de Compañía de un matrimonio adinerado, aunque justo es decir que me trataron como una princesa, pese a lucirme uniformada. Teresita me regaló unos preciosos pendientes por mi cumpleaños, comprados en Oviedo, al que nos escapamos un día de agosto que la señora se fue de picnic. Vino Alberto, el “amigo especial” de la niña con un handicap considerable: mamá no aceptaba esa relación. “Le has visto la cara???.... y qué tiene???... siquiera tiene un trabajo estable y sus padres son vulgares trabajadores de los campos gallegos... Pero si ni el Rolex que lleva es auténtico... estás soñando si crees que voy a dejar que salgas con él... Tú invítalo a comer el domingo y ya me encargo yo de espantarlo...”. Puede que leído así, Doña Teresa parezca una señora interesada, cosa muy cierta por otra parte, pero, al menos, la niña debería haber reconocido que sí, que vale, que no era pudiente, megapijo, hijo de padres con posibles y toda esa parafernalia de ricos, que no están dispuesto a regalar sus frutos al primer mangarrán de turno, y todo eso no era óbice suficiente para el rechazo taxativo de su progenitora, porque también existe el amor y sentimientos semejantes, pero es que Alberto, sin querer meterme donde no me llaman, tenía menos sangre que una fiesta de vampiros al amanecer. No dijo una palabra en todo el viaje hasta Oviedo y lo mismo a la vuelta. Asintió a todos los caprichos de Teresita e, incluso, se atrevió a coger su mano para cruzar una avenida. Se habían conocido por el chat. Está muy de moda ahora, te digo. Es una manera rápida, barata y accesible para la gente que, en el siglo XXI, tenemos tiempo para trabajar, sortear atascos, pagar doce letras mensuales y mandar mensajes de móvil a todos los concursos que proponen en televisión, pero de tener pareja y, además cuidarla... de casarte, y además sacarlo adelante... de tener hijos y además criarlos.... de vivir y además ser felices... Pues no todos valemos, para qué nos vamos a engañar. Y cualquiera le dice al presidente del gobierno, un tal Zapatero, que, con todas las querellas, manifestaciones, opas hostiles y frentes que tiene abiertos, incluya, en la ley de educación, una asignatura para saber organizar nuestra vida estableciendo prioridades realmente importantes y hacer gala de nuestros valores y principios morales más a menudo. Tal vez me lo plantee para el debate de la nación. Pero hasta que eso llegue, no es Teresita la única que se relaciona vía teclado y pantalla. Mira que tú sabes bien de mi adoración por el papel blanco y la pluma, por mantener intacta la capacidad de seguir escribiendo cartas de amor aunque lo que no está intacto es destinatario alguno.... Pero, bueno, ya te irás dando cuenta de que hasta yo he sucumbido a la antisentimental tecnología y al más puro avance en el mundo de las comunicaciones. Mal que me pese. Por el momento, sólo te confesaré que conservo los pendientes que me regalaron Teresita y su amigo de clase baja, aunque no puedo decir lo mismo del joyero de madera y el ramo de flores secas que me regalaron los señores, porque llegará, pronto, un momento de esta historia en que mi equipaje se pierda rumbo a Londres... En fin, que me quedó con las ganas de ver tu cara de sorpresa al ver a la rizos sirviendo canapés, en un jardín de mil metros cuadrados al más puro estilo Isabel Preysler.: bacón con dátiles, empanadillas de nécora, bocados de alcachofa al cognac, croquetas, pollo relleno de ciruelas y fresas, tortilla española y... algunos invitados, los más habituales de aquel verano lluvioso del norte, que se acercaban a la cocina a felicitarme y dejar algún billete en el bolsillo de mi uniforme. Azul marino y blanco para esa noche, cosa que agradecí porque me hacía más estilizada y, especialmente, con un gesto menor de satisfacción debido a la tristeza del tono. ¿Sabes cuántas cosas hubiese hecho yo con el derroche de excelente champagne, vinos reserva de veinte años, manjares variopintos y postres dignos de una confitería celestial?. ¿Sabes lo que habríamos podido llevar a esa escuela multirracial y de dudosa reputación, que empezamos a construir en nuestras mentes aquellos veranos en Laredo, tú y yo cuando para mí los niños “aficanos” aún eran “negos” y los “peritos” abandonados se llamaban todos Toby. O guaus. Curioso es que el perrito de Don Manuel también se llamaba Toby. Los tres primeros días de Julio, después de mi llegada a la enorme casa, me miraba con desconfianza, alzando sus cejas picudas y vive el cielo que me costó que dejara de ladrarme cada vez que no lo dejaba pasar al comedor principal, si había visitas importantes. Siempre he querido tener la capacidad de hablar con los animales porque sino a ver cómo le explicas a un perrito de apenas cuatro kilos que esa circunstancia, tanto como la de ser la dama de compañía , y a veces la empleada de hogar, no nos daba la opción de sentarnos a la gran mesa de roble americano y probar el bisonte al vino tinto, que me costó siete horas preparar, para la festividad del cinco de septiembre, cumpleaños del señor Tovar. Y la tuya, lo sé. Así que... pasados los días, fue entrando en la cocina con las cejas más abajo y diría yo que algo más comprensivo. Dos semanas después, una vez descubierto por Doña Teresa que mis funciones en la casa le permitían ampliar sus cenas fuera y sus reuniones de amigas en algún lugar con derecho reservado de admisión, pues acabó durmiendo conmigo. Ahora tengo que dejarte... Quería haber seguido con mi currículo amoroso-sexual de los últimos 15 años... pero... me temo que Antoñita la fantástica, osea una servidora, no está hoy para muchos excesos. Siquiera para contar mentiras con el arte necesario que las hagan parecer menos verdad... Huyo... Toca mejorar mi situación laboral. Nos vemos, Don Carlos...
Dana...
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